Tu mano en mis manos. Un coito de quince dedos (Basilio Pozo-Durán)
Cinco falanges, cinco uñas, cinco nudillos. Todos los sentí. La misma que reafirma tus intervenciones en los plenos o tus comparecencias ante los medios. La misma que me envía mensajes al móvil. Y la que levantas para votar a favor, en contra o abstención. Ésa que, por unos segundos que para mí fueron horas haciendo el amor, estuvo sobre mis manos.
Pequeña y cálida. Tu mano pequeña y cálida, y ágil, como todo tu cuerpo pequeño y cálido, y ágil. Como si hubiera tenido, a través de esa mano, todo tu cuerpo sobre el mío.
Tu sonrisa dulce, tus ojos rasgados que se vuelven más pequeños y más intensos cuando ríes. Tu mano de compañera, de amiga, se hizo mano de mujer. Sólo de mujer, sólo tu cuerpo acariciando el mío, concentrado todo sobre mis manos.
Querías decirle algo a la persona que se sentaba a mi otro lado. Te inclinaste hacia adelante y hacia mí. Y tu mano acarició las mías, entrelazadas, mi derecha palma arriba y mi izquierda palma abajo. Digo acariciaste porque fue caricia, una caricia muy cálida. Una energía, una sensación de deseo seguro, que subió hasta mis hombros, mi cuello y bajó por mi espalda, mi cintura, mi sexo y mis piernas. No, no te apoyaste para evitar caerte hacia adelante, no, porque no ejerciste presión sobre mis manos. Tampoco ocurrió que las tocaras o las rozaras por equivocación. No, era una mano cálida y segura la que me acarició. No intentaste corregirla y ponerla, por ejemplo, sobre mi rodilla. No. Se encontró con las mías, y mis manos y la tuya se gustaron y se quedaron así. Haciendo el amor.
No hubo miradas ni ningún otro movimiento de nuestros cuerpos durante ese coito de quince dedos.
Ahora, cuando me hablas, ya sólo observo tu mano, aguardando la ocasión de que se detenga y venga a hacer el amor sobre las mías.

